Una Feria en el Purgatorio
Por Catrina.
¡Ay, mi Aguascalientes! Quien te viera y quien te ve. Yo, que estoy acostumbrada a rondar por las calles entre el olor a incienso y el recuerdo de los que ya partieron, me he llevado una sorpresa mayor al caminar este año por el perímetro ferial. No busquen fantasmas bajo las camas, busquen la alegría de la Feria Nacional de San Marcos, porque parece que a esa sí me la enterraron antes de tiempo.
El panorama es, por decir lo menos, sepulcral.
Recuerdo aquellos años donde el estruendo de la tambora y el ritmo de los antros no dejaba descansar ni a los vivos ni a los muertos. Hoy, en esa zona que solía ser el corazón palpitante del bullicio y el desvelo, el eco es el único que responde. Comerciantes con la mirada perdida y el delantal impoluto —porque no hay grasa que limpiar si no hay cliente que atender— se quejan de una soledad que hiela la sangre. Los puestos de comida y los mercaderes de baratijas miran al cielo, no buscando a Dios, sino buscando a los turistas que este año simplemente decidieron no aparecer en la lista de invitados.
Pero si en las calles llueve desolación, en la Plaza de Toros Monumental el clima es de tormenta. Me ha llegado a las manos un comunicado que circula entre la afición y déjenme decirles que hasta a mí me dio escalofrío. Resulta que ahora, expresar el amor por la tauromaquia con una manta que pide rigor y seriedad es motivo para que la seguridad te trate como si fueras un ánima en pena escapada del infierno.
La queja es clara. Los taurinos, esos que mantienen viva la tradición, se sienten perseguidos por la propia empresa que debería cobijarlos. Dicen que Aguascalientes merece una plaza seria y una autoridad con rigor. ¡Vaya paradoja! En la tierra de la libertad, el respeto parece haberse quedado guardado en el cajón de las castañuelas.
¿Qué le pasó a nuestra verbena? ¿Dónde quedó ese orgullo de ser la Feria de México? Entre la falta de alma en las zonas de esparcimiento y el maltrato a la afición más leal, parece que los organizadores están empeñados en que mi trabajo sea más fácil ya que están matando la fiesta ellos solitos.
Autoridades de oídos sordos. Entiendan que la Feria no son solo los muros y los puestos vacíos, ni un aparador exclusivo para que la nobleza del gobierno estatal se pasee entre caravanas. Esta verbena no se fundó para el brillo de reinas, princesas y cuánta farándula se costea con el impuesto de los locales, mientras al pueblo se le relega. La fiesta es su gente, su pasión y, sobre todo, el respeto a la afición que paga su boleto para mantener vivo el espectáculo, porque son ellos, y no los invitados de honor, quienes sostienen lo que queda de este legado. Si seguimos así, el próximo año no necesitarán contratar artistas. Con que yo me pasee por el encierro será suficiente para representar el estado actual de nuestra gran fiesta. Porque una feria sin alegría y sin libertad de expresión no es feria, es un velorio de tres semanas.
¡Hasta la próxima, si es que el aburrimiento no nos lleva antes!















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